CAPÍTULO 1
GERTRUDIS
En la quietud de la madrugada, las calles empedradas de León susurraban historias olvidadas. La brisa, cargada con el aroma del café y del incienso, acariciaba las piedras, y al girar la esquina, la Casa Prio se alzaba como un puente entre épocas, esperando a quienes se atrevían a cruzar su umbral.
Adentro, la sala exhalaba un aire denso, poblado por el susurro de un tocadiscos lejano y las risas contenidas de una multitud difusa. Las lámparas de cristal parpadeaban, proyectando destellos en las mesas, y entre las sombras, una figura comenzó a perfilarse, como si el tiempo la hubiera esperado por siglos.
Desde el segundo piso, un joven estudiante de leyes observaba con su mirada aguda. Vestido con una camisa blanca de mangas largas, pantalones oscuros y tirantes negros, los lentes circulares reposaban en su nariz, mientras un puro descansaba entre sus dedos. Oliverio, impasible, observaba desde las alturas. Y allí, en medio del salón, ella apareció por primera vez, como una llama vibrante entre las penumbras. Su vestido rojo se deslizaba entre la gente, y aunque su rostro le resultaba vagamente familiar, en él despertaba un asombro desconocido, casi irreal.
Cuando la música inundó la sala, Gertrudis prendió una chispa en él, un enigma que no lograba descifrar, pero que lo arrastraba a seguirla, a bajar las escaleras y perderse en esa noche sin tiempo. Oliverio la miraba, sabiendo que, desde aquel instante, ella lo había elegido. Sin dudarlo, descendió las escaleras, escuchando un susurro que solo él percibía, hasta llegar al salón de baile…